Street Play

23/4/2006

Las diferentes manifestaciones artísticas y culturales de carácter eminentemente urbano y global que centran nuestra atención hoy en día son el resultado de una evolución histórica, que con sus peculiaridades, ha sido similar en ciudades de todo el planeta. En aquellas sociedades, en especial la norteamericana, en las que el modelo económico y político ha marcado la pauta que luego seguiría el resto, sus ciudades sufrieron hace algunas décadas transformaciones especialmente traumáticas que otras ciudades del mundo sufrirían algo después y cuyos efectos colaterales más interesantes también fueron exportados. Precisamente por ello un lugar y periodo muy particulares son referente común en nuestras reflexiones: la ciudad de Nueva York en los años 70. La inmigración europea de las décadas anteriores y la escasez de suelo por una limitación puramente geográfica y de infraestructura de los transportes había dado lugar al surgimiento de un modelo urbano basado en el crecimiento vertical. Las necesidades de alojamiento de una creciente población que llegaba al nuevo mundo prácticamente con lo puesto había hecho surgir un tipo de edificios de viviendas en bloques con escasas comodidades y deplorables condiciones de habitabilidad. Llegada la recuperación económica tras el final de la II Guerra Mundial aquellas áreas pobladas de inmigrantes o sus descendientes y los edificios que habitaban habían llegado a un estado de deterioro extremo. Para los propietarios (que rara vez eran los propios habitantes) sólo quedaba esperar a que sus inquilinos emigraran en busca de vivienda barata de mejor calidad en zonas menos céntricas y a que la demanda de los más pudientes para ocupar esas zonas apareciera. Nada que no pueda resultarnos familiar.

En este escenario de inmuebles ruinosos y solares llenos de escombros, en el Lower East Side o en el Bronx, surgiría una voz joven y coral en forma de vagones de metro pintados con letras de colores, de bailes imposibles sobre cartones en el suelo, y fiestas callejeras en las que sobre el fondo de los “breaks” (fragmentos instumentales) de vinilos de funk repetidos por los DJs, chicos de barrio rivalizaban con su capacidad de rimar. Pero todo esto conforma esos “efectos colaterales” que por lo extraordinario, lo novedoso y lo mágico y bajo la etiqueta del Hip Hop se extendió por el espacio y el tiempo hasta la ubiquidad (y la degradación).

Ese mismo contexto daba lugar a situaciones mucho más cotidianas: a las mil y una maneras en las que los niños de esos barrios buscaban para hacer de la calle su espacio de recreo. Todo ello se recoge con especial talento en “Street Play” este libro de fotografías de Martha Cooper, la misma fotógrafa que poco después descubriría y documentaría los primeros pasos del Hip Hop con sus libros: “Subway Art” o el más reciente “Hip Hop Files“. Esos niños y sus juegos, resultan predecibles pero no por ello menos fascinantes, tanto por ser contemporáneos, y en cierto sentido preámbulo del surgimiento del Hip Hop, como por podernos resultar familiares a muchos de los que éramos también niños en otras partes del mundo en esa misma época. Justamente es hoy en día cuando al ver esas fotos, aparentemente intrascendentes más allá de su poesía, cabe reflexionar sobre si todo aquello no era una primera batalla, por muy involuntaria e inocente que fuera, de las muchas que conformarían la guerra que estamos perdiendo (si no perdimos ya) en recuperar la calle como un espacio de encuentro, de ocio, común y libre para todos los que habitamos las ciudades.

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